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Ene 20

NOS GUSTAN LOS AGUJEROS NEGROS POR COLECTIVO JUAN DE MADRE

Nosotros, Colectivo juan de madre, amamos a Stephen Hawking. Stephen Hawking (S.H) es una suerte de mad doctor de película de serie B. Su cuerpo desvalido está incrustado en una máquina mediante la cual camina y habla. S.H es solo pensamiento. Un pensamiento extraño, alejado del canon científico. Tanto la mente como el cuerpo de S.H habitan el margen. S.H es un científico Punk.

Stephen Hawking

Su posición jamás ha sido cómoda con la Academia Científica. Afirma poseer, por ejemplo, la demostración científica de la inexistencia de Dios. Antes, anunció conocer el método para construir una máquina del tiempo. Ya en la década de los 70, alcanzó la fama con una hipótesis polémica: existen, dijo, unos agujeros negros que desgarran el tejido del universo y engullen toda materia que se interponga a su paso, incluida la luz.

La teoría alzó las sospechas de la comunidad científica: según su propia definición, los agujeros negros eran indetectables. Ningún método directo podía demostrar su existencia. Por lo tanto, la hipótesis de S.H se presumía de naturaleza acientífica. Pero S.H señaló la manera de comprobar la veracidad de su propuesta, les dijo a los cosmólogos que dejaran de mirar directamente las galaxias, y se fijaran por un instante en la oscuridad.

Alrededor de esa nada, les dijo, veréis que los cuerpos celestes bailan; atraídos y manejados por el más absoluto vacío. Esa nada, que maneja el devenir de los movimientos de las constelaciones, son los agujeros negros. Fue una teoría conceptualmente revolucionaria.

Pareja al acto de exponer un retrete en un museo, o a la de componer una partitura con cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Atender el margen, ocuparse de aquello que camina por la frontera de lo pensable, pero que maneja nuestros pensamientos.

Nosotros, Colectivo juan de madre, también amamos las galaxias y sus luminosas danzas; sin embargo, nuestra atención queda acaparada por la desgarradora invisibilidad de los agujeros negros.

NUESTRA BOCA ES UN BIOPUERTO.

El 12 de Enero de 2014 se realizó la segunda edición de Ópera y Fuego. Los participantes fueron: Imperio, Vaginoplastia, Juana Suarez, Charlie Warhol, Doctora Trans y Voz Mal. Este último salió al escenario con su cabellera negra recogida a un lado, unas cejas anchas llenas de ternura y una camiseta blanca a rayas azules.

En los altavoces tronó una torpe base rítmica. Sobre aquella base, Voz Mal empezó a cantar acerca de la voz de un hombre blanco:

Ningún discurso es monista. Toda doctrina es dualista. Solo hay que observar microscópicamente para hallar la raíz dualista de cualquier cosmología.

El cristianismo, de manera evidente, divide el universo en cuerpo y espíritu. El método científico en observador y en objeto. La psiquiatría en mente y locura. El adicto también es dualista.

El adicto distingue entre su ser y la adicción. Para cada una de esas doctrinas, que solo han de servir como ejemplo, los dos elementos son independientes entre sí. La única relación posible entre ambos componentes es de contaminación, de corrupción.

El cuerpo corrompe al espíritu; el observador, o así lo advierte la literatura científica, tiende a corromper el objeto; la locura daña la mente; la droga pervierte al adicto. Lo Uno somos nosotros; lo Otro, siempre es un Virus. W. Burroughs, por su parte, bajo un evidente influjo dadaísta, señaló que lo Otro era el lenguaje, que el lenguaje era un Virus. Lo escribió repetidamente, intentando combatir la paradoja que representaba denunciar un Virus haciendo uso de él.

Voz Mal se encuentra en una encrucijada parecida a la del pensador norteamericano. En sus nueve canciones, Voz Mal parece querer advertirnos con su canto de que la voz, como sonido proyectado desde nuestra boca, no es nosotros. La voz ni siquiera forma parte de nosotros. No es un órgano. Tampoco un sentido. Nuestra voz es Otro.

Nuestra voz es un Virus. Aquella noche de Enero, para la última de las canciones, Voz Mal se deshizo de la base rítmica que lo acompañaba. Se quedaron solos él y su voz. Entonces empezó a bailar, en silencio. Cada ciertos compases, que solo existían en su cabeza, susurraba algo al micrófono. Siguió bailando aquella melodía invisible.

Llevados por el baile de Voz Mal, la gente empezó a bailar. Alguien del público dio palmas. Los cuerpos presentes iniciaron una comunicación muda. Los susurros de Voz Mal fueron apagándose. Hubo un momento, sin lenguaje, ni voz, sin ningún tipo de sonido corpóreo o tecnológico, en que todos los asistentes bailaron de manera sincronizada, guiados por una efímera danza monista.

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